El 24 de marzo, una embajada en Buenos Aires y el 2 de abril. Tres momentos que parecen dispersos y que sin embargo apuntan al mismo lugar: la pregunta por el tiempo largo. Por lo que se destruye, lo que se reconstruye y, sobre todo, quién paga esa cuenta.
Vine al programa con esa inquietud. Tres ejes que, a primera vista, parecen desordenados.
—Sí, están vinculados, anticipó Federico Di Paolo desde el otro lado de la mesa. Pero ayudanos a ponerlos en un registro entendible.
El disparador fue una visita a la embajada de España, dos días después del 24 de marzo. Un edificio hermoso, como suelen serlo las embajadas. Y mientras lo miraba apareció la imagen: si mañana un accidente o un atentado lo derrumba, a la semana siguiente alguien llega con una estimación, fotos, videos, y dice que reconstruirlo cuesta tres millones de dólares. La segunda pregunta es obvia: ¿quién los pone? El gobierno de España gira la plata y en un año hay un edificio nuevo.
La pregunta de Malvinas, cuarenta y cuatro años después, va exactamente por esa línea. Y la del golpe, también.
¿Cuánto cuesta reconstruir la Argentina cuando termine este gobierno?
Porque está claro que hay un daño. No hace falta repetir los números que circulan cada día: tercera semana de paro universitario, docentes que denuncian haber perdido entre el 32 y el 50 por ciento del ingreso real en dos años. Eso se puede reconstruir, como un edificio. La pregunta es cómo y, sobre todo, de dónde se saca.
—Acá no hay un gobierno de España que gire los millones para reconstruir, señalé. Pero esa cuenta, ¿la está haciendo alguien? ¿La política está calculando cuánto tiempo va a llevar, quién va a pagar?
La pregunta no es nueva. Ya la vivimos con la pandemia. Cuando todo estaba parado, se hacían las cuentas de lo que perdía el país. Y entonces alguien preguntó lo que nadie quería responder: ¿quién se va a llevar los beneficios de la recuperación?
—Hubo una recuperación, recordó Eze Perin. Aunque siempre comparativa.
Así es. Si un año vendiste diez, la crisis te dejó en cuatro, y al año siguiente vendiste doce, «recuperaste» dos respecto al piso histórico. Pero recuperaste ocho respecto al piso de la crisis. La pregunta, de nuevo, es quién se queda con esa diferencia. Una mamushka que vas abriendo y adentro siempre hay otra.
Los 50 años del golpe nos obligan, una y otra vez, a mirar para atrás. Está bien. Es necesario. Pero el desafío mayor es mirar 50 años para adelante. ¿Qué país le vamos a dejar a nosotros mismos? Yo soy el más grande de esta mesa, así que soy el que más tiene para perder en ese ejercicio. Mis hijos van a tener sesenta y pico. Ustedes van a rondar los noventa. ¿Qué Argentina nos vamos a legar?
Programa completo de Sintonía Tras el Fin del Mundo
En los 100 años del golpe, ¿qué país le dejamos a los que vengan?
Malvinas ofrece, en negativo, un ejemplo brutal de pensamiento largo. La guerra de 1982 le dio al Imperio —uso el término sin pudor— la posibilidad de planificar a cincuenta, sesenta, setenta años. Malvinas es la puerta de entrada a la Antártida. Es el punto desde donde se controla el corredor bioceánico. El canal de Panamá ya empezaba a estar en riesgo en el 82, y China crecía y el mundo lo sabía. Los ingleses pensaron a cincuenta años. Los norteamericanos también. Nosotros vivimos mirando la urgencia.
—¿Y con esta democracia de péndulo se puede planificar a cincuenta años?, preguntó Julián. Vamos para un lado, volvemos al otro.
La pregunta incomoda, pero es legítima. China lleva quince planes quinquenales. Setenta y cinco años de política de Estado ininterrumpida. No estoy proponiendo ese modelo, pero la comparación duele. Y sin ir tan lejos: Brasil. Pasó de Lula a Dilma, de Dilma destituida a Temer, de Temer a Bolsonaro y de Bolsonaro de vuelta a Lula. Y sin embargo, algunos proyectos estructurales de la primera etapa de Lula sobrevivieron todo eso.
Lula inauguró hace poco el primer caza bombardero de desarrollo propio. Brasil avanza en un submarino nuclear.
—Hablame de liberación, dije, frente a un país que tenía tres submarinos, dos de los cuales son museo y uno está hundido a nueve mil metros del mar.
La pregunta por la liberación y la independencia no es vintage ni romanticismo. Es la disyuntiva concreta. Argentina tiene élites muy malas, extranjerizantes, incapaces de pensar un país. El caso Fate, que nos dio en verano el ejemplo perfecto: ochenta años de trabajo fabril, una planta, máquinas, capital acumulado. Cierre. Sin que nadie siquiera mencionara la posibilidad de una expropiación.
Y Milei, que en su cruzada claramente colonial, más que los militares, más que Menem, más que Macri, se cruza contra Rocca y Madanes Quintanilla llamándolos prebendarios. En eso tiene razón, aunque por las razones equivocadas. Aluar se construyó con fondos públicos. Techint se apalancó en la privatización de Somisa. Son empresas que nacieron de un proyecto de país, que el país necesita y que, cuando el viento cambia, cierran y exigen importaciones. Argentina exporta capital. Eso también es planificación: la de los que se van.
—¿A dónde estamos yendo?, preguntó Eze, y la pregunta quedó flotando.
La respuesta más honesta es: no sé. Estamos subidos al micro de Máxima velocidad, el de Sandra Bullock, que si frena explota y si sigue hay una carretera cortada. En la corta, la macro está muy delicada. El nivel de endeudamiento interno y externo está atado a un hilo cada vez más fino, todo mientras este gobierno no solo se alinea sino que se emparenta directamente con las decisiones de Trump.
El espejo no es diciembre de 2001. El espejo es antes: cuando Estados Unidos, por las Torres Gemelas y sus propias urgencias, le soltó la mano a la Argentina de Cavallo. Para dimensionarlo: Caputo es un financista que hizo plata en la banca internacional. Cavallo era un cuadro formado por ellos. Le debemos haberle estatizado media deuda de la dictadura, los noventa y el 2001. Y fue él mismo el que en 1989 recorrió el mundo diciéndoles a los fondos que soltaran la mano al gobierno de Alfonsín. El mismo que tres meses después cayó con De la Rúa.
Ojo con eso: están tan atados al destino de Trump que cualquier giro en la crisis internacional puede ser catastrófico.
Mientras tanto, Japón y Vietnam, dos modelos antagónicos de administración económica, aplican recetas contracíclicas porque anticipan lo que puede venir: un parate o un crack peor al del 29. El recorte de frecuencias de colectivos en el AMBA tiene que ver con eso también.
El impacto de la suba del petróleo ya se siente en restricciones horarias en restaurantes y alumbrado público en el sudeste asiático. Eso es planificación a un año, a un año y medio.
¿Esa pregunta está hecha en la dirigencia argentina? ¿Está alguien sentado calculando hacia dónde vamos y cómo salimos, o vamos a esperar otra vez a que la crisis explote y después improvisamos un parche?
El parche ya lo conocemos. Y sabemos que cuando la situación es tan grave, no alcanza.
Al final del programa, Julián leyó un título de La Política Online:
—»Milei recibe a Adorni en Olivos en medio de versiones de renuncia».
Urgente.
Silencio. Después, inevitable:
—Es como cuando el presidente de un club ratifica al técnico.
Eso también lo conocemos. Y no termina bien.
Esta columna fue realizada el 1° de abril en Radio Atómika, junto a Federico Di Paolo, Eze Perin y Julián Apellido.
