Historia, memoria y lenguaje popular en los momentos de quiebre. Hay frases que no mueren. Frases que nacen en la calle, en la furia, en el hambre o en la esperanza, y que sobreviven mucho más que los gobiernos, los generales y los banqueros que intentaron aplacarlas. No están escritas en los libros de historia con tinta de oro. Muchas fueron raspadas de las paredes. Otras, borradas de la memoria oficial. Pero persisten. Circulan. Reaparecen.
Una consigna no es una frase de campaña ni un eslogan publicitario, aunque a veces el poder intente confundirlas. Es otra cosa. Es el momento en que una experiencia colectiva, el hambre, la humillación, la rabia, el deseo de cambio, encuentra su forma verbal.
Una forma tan precisa y tan compartida que quien la escucha siente que alguien le puso palabras a algo que ya llevaba adentro.
La palabra misma tiene historia. Consigna viene del latín consignare, señalar, marcar con un signo. Cuenta la tradición que el emperador Constantino, en las guerras de sucesión del Imperio Romano, hizo pintar una cruz en los escudos de sus soldados con la promesa: con este signo vencerás. Una señal. Una promesa condensada. Eso sigue siendo la consigna, dos mil años después: una bandera en pocas palabras.
Este recorrido es una arqueología de esas voces. Un intento de rastrear las frases que definieron los momentos de quiebre, desde la Revolución Francesa hasta el diciembre argentino de 2001. No es un inventario exhaustivo ni una historia académica. Es una pregunta que vuelve a hacerse urgente cada vez que el presente se pone tenso: ¿qué dicen los pueblos cuando toman la palabra por sus propias manos?
1. “Liberté, Égalité, Fraternité”-Francia, 1789
El 14 de julio de 1789 se produjo la toma de la Bastilla y el mundo cambió. La Revolución Francesa fue uno de esos parteaguas que la historia recuerda con mayúscula, no solo porque terminó con la monarquía absolutista francesa, sino porque instaló un vocabulario político que todavía circula. Y de ese vocabulario, tres palabras se volvieron consigna de una época entera.
Libertad, Igualdad, Fraternidad. Liberté, Égalité, Fraternité. Lo curioso es que nadie sabe con exactitud quién la formuló primero ni cuándo exactamente se convirtió en el grito de la revolución. No nació de un decreto real ni de un manifiesto filosófico. Se fue formando en las plazas, en los clubes jacobinos, en los panfletos que circulaban de mano en mano entre quienes no tenían poder pero sí tenían rabia y claridad.
Liberté, Égalité, Fraternité
Fue una consigna de síntesis extraordinaria: reunía bajo tres palabras a sectores muy distintos. Artesanos, burgueses radicalizados, mujeres que reclamaban pan, campesinos que quemaban títulos de nobleza. Todos podían reconocerse en esa promesa triple, aunque cada uno entendiera cosas distintas por libertad, por igualdad, por fraternidad.
Lo notable es que nunca fue exclusivamente burguesa, aunque la burguesía la haya apropiado después. En su origen fue popular y plebeya. Los sans-culottes, literalmente, los que no usaban los elegantes pantalones cortos de la nobleza, la coreaban como un desafío de clase. Era una consigna que prometía un mundo diferente, y esa promesa era subversiva.
Napoleón la oficializó décadas después, la domesticó y la transformó en emblema de Estado. Ese es un movimiento que se va a repetir a lo largo de la historia: la consigna popular que el poder intenta capturar y vaciar de contenido. La frase queda. El filo, a veces, se pierde.
2. “La patria es el bien de todos”-Buenos Aires, 1810
Saltemos al Río de la Plata. Mayo de 1810. En el Cabildo de Buenos Aires se despliega una revolución que, como todas, tuvo sus versiones contradictorias y sus voces en tensión. El proceso que arranca ese mes no fue un bloque homogéneo: fue un campo de fuerzas donde convivían la élite criolla que quería autonomía pero no demasiada, y sectores más radicales que veían en la coyuntura una oportunidad de ruptura más profunda.
De ese campo más radical emerge la figura de Mariano Moreno, secretario de la Primera Junta y el intelectual más combativo del proceso. Moreno había fundado la Gazeta de Buenos Ayres el 7 de junio de ese mismo año, y desde allí publicó una frase que resonó como un programa político: «La patria es el bien de todos y no el patrimonio de ninguno».
“La patria es el bien de todos
y no el patrimonio de ninguno”
— Mariano Moreno, Gazeta de Buenos Ayres, 1810
La elegancia conceptual de la frase es notable: no solo proclama la soberanía popular, sino que la opone explícitamente a la apropiación privada del poder. La patria como bien común, no como herencia de una clase ni como propiedad de un linaje. No es casual que Moreno fuera el mismo que tradujo el Contrato Social de Rousseau y lo mandara a repartir en las provincias. Sabía que las ideas viajan cuando se convierten en frases que la gente puede gritar o susurrar.
Pero hay otra consigna de ese tiempo que merece rescatarse, quizás más anónima y más plebeya. Cuando el pueblo se agolpó frente al Cabildo en esos días de mayo, la pregunta que circulaba entre la multitud era una sola: el pueblo quiere saber de qué se trata. No una declaración. Una pregunta. Un golpe en la puerta de la historia. Una interpelación que, en su sencillez, contenía toda una teoría de la participación popular: queremos saber no para que nos informen, sino para intervenir, para hacernos cargo, para no dejar que la historia simplemente nos pase por delante.
“El pueblo quiere saber de qué se trata”
Ambas frases conviven y se complementan. Una es la declaración del intelectual orgánico que pone en papel lo que siente la época. La otra es la voz de la calle que empuja la puerta. Juntas describen algo que se va a repetir en todos los grandes momentos de la historia popular: la exigencia de participar, la negativa a ser mero espectador del propio destino.

SINTONÍA TRAS EL FIN DEL MUNDO
Apocalipsis con elegancia.
🕙 10 AM
📻 Por Radio Atomika
Cuando todo se cae, alguien sigue transmitiendo.
Noticias, delirio y señales desde lo que queda.
Conducción: Federico Di Paolo
Con: Eze Perin · Cresta · Lu Cárdenas · Pablo Mercau · Julián Apellido
El mundo terminó. La radio no.
3. “Paz, Pan y Tierra”-Rusia, 1917
Hay que saltar a otro continente y a otro siglo para encontrar una de las consignas más devastadoramente eficaces de la historia moderna. Rusia, 1917. El Imperio zarista se derrumba bajo el peso de una guerra que ya había matado millones de soldados que nunca supieron bien por qué peleaban, y de una miseria que acumulaba décadas de explosión contenida.
En ese contexto aparece Vladimir Ilich Ulianov, Lenin, que además de dirigente político era un teórico riguroso del lenguaje revolucionario. Escribió sobre las consignas con la misma precisión con que planificaba una insurrección: entendía que una consigna que se adelanta demasiado a la conciencia de las masas no sirve, pero tampoco una que se rezaga. Había que encontrar la frase exacta que articulara la necesidad inmediata con el horizonte transformador.
La encontraron. Tres palabras en ruso: Mir, Zemlia, Jlieb. Paz, Tierra y Pan. Tres demandas concretas, urgentes, inmediatas. Tres cosas que el pueblo ruso necesitaba y no tenía: terminar con la carnicería de la Primera Guerra Mundial, poseer la tierra que trabajaban, comer.
“Paz, Tierra y Pan”
— Consigna de la Revolución Rusa, 1917
No había abstracción filosófica ni retórica elevada. Era una consigna que se podía entender antes de saber leer, que el campesino analfabeto del Volga y el obrero metalúrgico de Petrogrado podían hacer propia al mismo tiempo. Su poder era esa capacidad de incluir sin excluir, de nombrar lo más urgente sin renunciar a lo más transformador.
Y luego, cuando la revolución avanzó, apareció la segunda gran consigna del proceso: Todo el poder a los soviets. Si la primera frase describía lo que faltaba, la segunda señalaba hacia dónde ir. Los soviets eran los consejos de obreros y soldados que habían emergido espontáneamente como formas de autoorganización popular. Darles todo el poder no era solo una consigna política: era una imagen de un mundo distinto, donde el poder residía en quienes producían y combatían, no en quienes mandaban desde los palacios.
“Todo el poder a los soviets”
La Revolución Rusa de octubre-noviembre de 1917, con el cañonazo del Aurora y la toma del Palacio de Invierno, quedó grabada en la historia como el momento en que esas consignas dejaron de ser palabras para convertirse en hechos. Y la fórmula de las tres demandas concretas iba a tener, décadas después, una vida larga y sorprendente.
4. “Debajo de los adoquines, la playa”-París, Mayo de 1968
Llegamos al verano de la imaginación. Mayo del 68 en Francia fue, entre otras cosas, una explosión de creatividad lingüística sin precedentes en la historia del movimiento estudiantil y obrero europeo. Las paredes de París se convirtieron en un periódico colectivo, anónimo, desordenado y extraordinariamente vivo.
El contexto era el de una generación que había crecido bajo el peso de la Guerra Fría, que había visto el colonialismo francés en Argelia y en Indochina, que había sido inspirada por la Revolución Cubana y por los movimientos de liberación del Tercer Mundo. Pero el Mayo francés fue también, y quizás sobre todo, una rebelión cultural: contra la rigidez de las instituciones, contra la moral autoritaria, contra una modernidad que prometía progreso pero entregaba conformismo.
En ese clima, las consignas se multiplicaron como nunca antes. Algunas eran directas y combativas. Otras eran poéticas e irracionales, en el mejor sentido. La más icónica de todas surgió de la práctica misma: los estudiantes arrancaban los adoquines de las calles para arrojarlos contra la policía, y al hacerlo descubrían que debajo había arena. Alguien lo convirtió en imagen y en programa:
“Sous les pavés, la plage”
Debajo de los adoquines, la playa
— Mayo francés, París, 1968
La metáfora era perfecta: debajo del orden establecido, debajo de la ciudad gris y disciplinada, debajo de la superficie dura del presente, hay otro mundo posible, sensual, libre. Basta con levantar lo que nos aplasta para encontrar la arena.
Pero el 68 fue pródigo en consignas. «La imaginación al poder» desafiaba la idea de que gobernar era una cuestión técnica reservada a expertos. «Prohibido prohibir» atacaba el principio mismo de la autoridad. «Seamos realistas, pidamos lo imposible» invertía la lógica del pragmatismo y reivindicaba la utopía como punto de partida, no como destino lejano.
Lo que el 68 inauguró, o radicalizó, fue la comprensión de que la política no solo se hace con programas y sindicatos, sino también con el lenguaje, con los muros, con la poesía callejera. El graffiti como forma de toma del espacio público. La frase corta como modo de construir subjetividades colectivas.
Una herencia que sigue viva en cada pintada de cualquier ciudad del mundo que intenta decir algo verdadero con pocas palabras y mucha urgencia.
5. “Obreros y estudiantes, unidos y adelante”-Córdoba, 1969
El eco del Mayo francés llegó a América Latina de muchas maneras, pero en Argentina encontró un terreno propio y una expresión singular. El 29 de mayo de 1969, en la ciudad de Córdoba, obreros y estudiantes protagonizaron una insurrección popular que sacudió la dictadura de Juan Carlos Onganía y marcó un antes y un después en la historia del movimiento popular argentino.
El Cordobazo, como quedó grabado en la memoria colectiva, no fue un alzamiento improvisado. Fue el resultado de la articulación entre el movimiento obrero industrial, particularmente los trabajadores de las automotrices, organizados en el SMATA y en Luz y Fuerza, y la movilización estudiantil de una universidad que bullía de ideas y de rabia. La consigna que los unió fue tan simple como el hecho mismo que describía:
“Obreros y estudiantes, unidos y adelante”
En cinco palabras, la frase nombraba una alianza y señalaba una dirección. No decía contra quién: eso lo sabían todos. Decía quiénes eran los que marchaban juntos y hacia dónde iban. La dirección, adelante, tenía en ese contexto un peso enorme: era la negativa a retroceder, a aceptar la represión como respuesta suficiente.
El Cordobazo duró apenas dos días antes de que el ejército recuperara el control de la ciudad. Pero sus efectos se prolongaron por años. Aceleró el desgaste de la dictadura de Onganía, abrió el camino a una radicalización política de amplios sectores de la clase media y de la clase obrera, e inspiró una generación entera de militantes que buscaron en la combinación de lucha obrera y compromiso intelectual la fórmula de la transformación social.
6. “Luche y vuelve”-Argentina, años 60 y 70
La Argentina de los años sesenta y setenta fue un laboratorio político de extraordinaria intensidad. El peronismo llevaba más de una década proscripto, Perón estaba exiliado desde 1955, primero en Paraguay, luego en Panamá, Venezuela, República Dominicana y finalmente en Madrid, y esa proscripción generó una cultura de resistencia que encontró en las paredes y en las pintadas uno de sus principales medios de expresión.
Las consignas de ese período son un mapa de las tensiones que atravesaban al movimiento popular. Algunas eran simples y directas: Perón vive, Perón vuelve. Eran la afirmación de una presencia simbólica que el poder quería borrar y que la militancia se encargaba de reproducir en cada esquina, en cada pared disponible, en cada acto de resistencia cotidiana.
Luche y vuelve sintetizaba en dos verbos el programa de la resistencia peronista: no bastaba con esperar el regreso, había que pelearlo. La lucha como condición del retorno. La consigna funcionaba también como advertencia: el que volvería no sería el mismo Perón domesticado que el régimen esperaba, sino uno que llegaba montado en la movilización popular.
“Luche y vuelve”
Pero el campo popular de esos años era profundamente heterogéneo, y esa heterogeneidad también se expresaba en las consignas. Convivían lecturas muy distintas sobre el significado del peronismo y sobre el horizonte de la transformación social. Esa tensión quedó grabada en dos fórmulas que circularon simultáneamente y que expresaban proyectos que, aunque convergentes en algunos puntos, apuntaban en direcciones diferentes:
“Perón, Evita, la Patria socialista”
“Perón, Guevara, la Patria liberada”
La primera vinculaba la figura de Perón y Evita con el socialismo: era la lectura de la izquierda peronista, que veía en el movimiento un vehículo para la transformación radical de la sociedad. La segunda establecía una equivalencia entre Perón y el Che Guevara, uniendo en una sola fórmula el nacionalismo popular y la revolución continental: era la consigna de quienes creían que la liberación argentina no podía separarse de la liberación latinoamericana.
Y del campo de la lucha armada emergió también AVOMPLA, el acrónimo del Ejército Revolucionario del Pueblo: A Vencer o Morir por la Argentina. Una consigna que no dejaba lugar a medias tintas, que planteaba la lucha en términos de todo o nada. Y la herencia cubana seguía presente en Hasta la victoria siempre, la frase que el Che Guevara había convertido en el modo de cerrar cada carta, cada discurso, cada despedida.
7. “Paz, Pan y Trabajo” y “Aparición con vida”-Argentina, 1982-1983
La consigna tiene memoria. Puede dormir durante décadas y despertarse cuando las condiciones la convocan de nuevo. Eso ocurrió con una fórmula que había nacido en la Rusia de 1917 y que reapareció en la Argentina de comienzos de los años ochenta, casi como un eco a través del tiempo.
El 30 de marzo de 1982, tres días antes de la invasión argentina a las islas Malvinas, la CGT conducida por Saúl Ubaldini convocó a una marcha contra la dictadura militar que gobernaba el país desde 1976. La consigna que se eligió para convocar esa movilización, que fue reprimida duramente, fue Paz, Pan y Trabajo.
“Paz, Pan y Trabajo«-Marcha del 30 de marzo de 1982
Las tres palabras leían el momento con precisión. Paz, porque la Argentina llevaba seis años de una dictadura que había desaparecido a treinta mil personas, que había torturado de manera sistemática, que había sembrado el terror como política de Estado.
Pan, porque la política económica de la dictadura, la llamada tablita de Martínez de Hoz, por ejemplo, había producido una desindustrialización brutal y una crisis que golpeaba sobre todo a los sectores populares.
Trabajo, porque ese modelo había destruido fuentes de empleo y debilitado sistemáticamente a la clase obrera organizada.
La paz casi que anticipaba lo que vendría tres días después: la invasión a Malvinas, otro capítulo de la misma dictadura, esta vez con la bandera del nacionalismo como cobertura. Y la derrota en Malvinas aceleró el derrumbe del régimen y abrió la transición democrática.
En ese tránsito, otras dos consignas marcaron el tiempo. Una fue coral y anónima, surgida de las plazas: Se va a acabar, se va a acabar, la dictadura militar. Simétrica en su ritmo, repetible hasta el infinito, diseñada para ser coreada por miles de voces al mismo tiempo. La otra fue más precisa y más dolorosa: Ahora, ahora, resulta indispensable aparición con vida y castigo a los culpables.
“Aparición con vida y castigo a los culpables”
Esta segunda consigna, que la historia atribuye en gran medida a la construcción colectiva de Hebe de Bonafini y Estela de Carlotto entre otras Madres de Plaza de Mayo, no pedía justicia en abstracto.
Pedía dos cosas concretas: que aparecieran los desaparecidos con vida, una demanda que el tiempo volvería trágicamente imposible en su literalidad, pero que seguiría siendo la expresión de una verdad moral, y que los responsables fueran juzgados. Fue la consigna que fundó el movimiento de derechos humanos argentino, y su resonancia llega hasta hoy.
8. “Nos mean y la prensa dice que llueve”-Argentina, 2001
Y llegamos al corazón de este recorrido. Argentina, diciembre de 2001. El país explota. El corralito bancario dejó a millones de personas sin acceso a sus ahorros. La pobreza y el desempleo habían alcanzado niveles que el país no había conocido en décadas.
Cinco presidentes se amontonaron en una semana.
Las cacerolas sonaban en la noche porteña y en las plazas de todo el país. Y en las calles, entre el caos y la dignidad mezclados, comenzó a circular una pintada.
Nadie sabe quién la escribió primero. Como ocurre con las grandes consignas, el origen se perdió en el anonimato de la urgencia. Pero alguien agarró un aerosol y escribió en una pared: Nos mean y la prensa dice que llueve.
“Nos mean y la prensa dice que llueve” — Graffiti anónimo, Argentina, 2001
La frase se replicó. Apareció en paredes de Buenos Aires, de Rosario, de Córdoba, de ciudades chicas y de barrios periféricos.
Hoy, dos décadas después, sigue apareciendo. Si uno googlea la frase y busca imágenes, va a encontrar decenas de fotografías de ese graffiti en distintos lugares y distintos momentos del país. La consigna sobrevivió al 2001 porque lo que nombró no terminó en el 2001.
¿Por qué funcionó tan bien? Porque es una obra maestra de la síntesis política. En once palabras condensa una teoría crítica de los medios de comunicación, una denuncia de la manipulación informativa y una proclama de lucidez popular.
No hay distancia entre quien la escribió y quien la lee: ambos comparten la misma experiencia de ser meados y de escuchar que llueve. La consigna no explica: interpela. No educa: reconoce. Le dice al que la lee: vos ya sabés esto, lo que no tenías era la frase.
Hay que entender el contexto mediático para dimensionar la potencia de esas palabras. Los años noventa habían sido el tiempo de la concentración mediática, del multimedios que todo lo cubría, de la televisión como ventana única al mundo.
Canal 13 usaba como slogan en sus placas de promoción una frase que decía: Estás en casa. El mensaje implícito era claro: de todos los asuntos públicos nos ocupamos nosotros; vos podés quedarte tranquilo porque tenemos todo cubierto. El mundo es nuestro. Vos quédate en casa.
El 2001 fue el momento en que ese contrato se rompió de manera definitiva. La gente apagó la televisión, dejó el diario arriba de la mesa y salió a la calle. No porque alguien lo convocara: porque el descreimiento había llegado a un punto de no retorno.
Y la pintada que decía nos mean y la prensa dice que llueve fue el certificado de defunción de esa credibilidad.
Junto con esa consigna circuló su hermana mayor: Que se vayan todos, que no quede ni uno solo. Si la primera describía el problema, la clase dirigente que miente, que manipula, que hace una cosa y dice otra, la segunda planteaba la solución en términos radicales: que se vayan todos.
Una consigna que algunos análisis posteriores clasificaron como defensiva: nombraba perfectamente lo que se rechazaba, pero dejaba sin respuesta la pregunta de qué venía después.
“Que se vayan todos, que no quede ni uno solo”
Esa pregunta, ¿y después qué?, es la que distingue a las consignas de avance de las consignas de rechazo.
Todo el poder a los soviets era una consigna ofensiva: decía hacia dónde ir.
Que se vayan todos era una consigna defensiva: decía de qué escapar. Las dos tienen su lugar en la historia.
Las dos expresan momentos distintos de la conciencia colectiva. Pero las que perduran con mayor fuerza son, en general, las que logran combinar las dos cosas: el rechazo del presente y la imagen, aunque sea vaga, de otro mundo posible.
9. La consigna como tecnología política
Recorrimos más de dos siglos y varios continentes. La Revolución Francesa, la Revolución de Mayo, la Rusia de 1917, el Cordobazo, el Mayo francés, la resistencia peronista, la lucha contra la dictadura, el 2001 argentino.
En todos estos momentos, cuando las cosas se pusieron en su punto más crítico, los pueblos no solo salieron a la calle: salieron con palabras.
La consigna no es un accidente de la política popular. Es una tecnología. Una forma de producir sentido colectivo en condiciones de urgencia. Una manera de hacer que lo que se siente individualmente se vuelva reconocible para muchos al mismo tiempo.
Funciona porque trabaja sobre algo que ya existe: no inventa una experiencia, le da nombre.
La consigna eficaz tiene características precisas. Es corta y memorable. Nombra algo que ya existe en la experiencia de quienes la escuchan, sin necesidad de explicación. Identifica un antagonismo: hay un ellos y hay un nosotros. Y abre un horizonte, por pequeño que sea: una dirección, una promesa, una imagen de lo que podría ser diferente.
No importa si la formula un teórico brillante o un anónimo con aerosol en la madrugada. Lo que importa es si resuena o no resuena.
Lenin lo teorizó, pero los pueblos lo supieron siempre. Por eso las grandes consignas no las inventan los asesores de imagen ni los equipos de campaña.
Las inventa la gente que tiene algo urgente que decir y muy poco tiempo para decirlo. El asesor de imagen puede elegir entre las que ya circulan, puede amplificarlas o suprimirlas.
Pero el momento de la creación es siempre anónimo y colectivo.
Las consignas que sobreviven son aquellas que lograron nombrar algo que el poder prefería que permaneciera sin nombre.
Las que perduran son las que volvieron visible lo invisible, las que le pusieron palabras a lo que se sentía pero no se podía decir.
Y por eso mismo vuelven: porque la experiencia que nombraron no desapareció con el momento histórico que las vio nacer.
10. Hoy: huérfanos de consigna
Hay una pregunta que flota sobre todo este recorrido: ¿cuál es la consigna de este tiempo?
Desde el 2001 hasta hoy han pasado casi veinticinco años. La Argentina atravesó el kirchnerismo, el macrismo, la pandemia, la vuelta del peronismo y el arribo de La Libertad Avanza al gobierno.
Cada uno de esos ciclos tuvo sus frases, sus slogans, sus momentos de densidad lingüística.
Algunos tuvieron fuerza de campaña: La casta tiene miedo, No hay plata, Viva la libertad carajo.
Otros intentaron construir identidad desde el campo popular: La patria es el otro, El amor vence al odio.
Pero ninguna de esas frases tuvo la potencia de las que recorrimos en estas páginas. Ninguna logró condensar una experiencia colectiva de manera tan precisa que se volviera anónima, que se replicara sola, que apareciera en paredes sin que nadie la convocara.
Ninguna nombró algo que millones de personas sintieran que necesitaban que alguien nombrara.
¿Por qué? Hay varias hipótesis posibles. Una es que vivimos un momento de fragmentación de la experiencia colectiva sin precedentes: las redes sociales crean la ilusión de comunidad pero multiplican las burbujas, y es difícil que una sola frase cruce todas esas burbujas al mismo tiempo.
Otra es que la velocidad del ciclo informativo consume las frases antes de que puedan sedimentarse: lo que hoy es tendencia mañana es un meme muerto.
Y otra, quizás la más inquietante, es que todavía no llegamos al punto de quiebre que produce las grandes consignas.
Las grandes consignas de la historia no aparecieron porque alguien las buscó. Aparecieron porque las condiciones las hicieron necesarias.
La consigna va a aparecer cuando estén dadas las condiciones que todavía no se pueden ver del todo, y cuando aparezca va a explicar lo que nos pasa de una manera que hoy no tenemos palabras para decir.
En la Argentina de hoy, el poder también tiene sus consignas. La casta, el ajuste necesario, no hay plata son frases que buscan condensar una interpretación del mundo, nombrar un antagonismo y construir sentido.
Pero vienen de arriba hacia abajo, financiadas por aparatos de comunicación, y buscan que la gente las haga propias.
La diferencia con las consignas que recorrimos en este texto es precisamente esa: las que nacen desde abajo no necesitan publicidad. Se reproducen solas, porque tocan algo real.
La pregunta que queda abierta es cuáles serán las frases que emerjan desde abajo en este nuevo momento de crisis. Qué está escribiéndose en este momento en las paredes de los barrios populares, en las conversaciones de los comedores comunitarios, en las asambleas de los trabajadores y de los jubilados que salen a defender sus haberes.
Qué frase está circulando todavía en voz baja, esperando el momento en que las condiciones la amplíen hasta volverla irresistible.
Estamos, en cierto modo, huérfanos de consigna. Y esa orfandad no es solo un problema de comunicación política.
Es el síntoma de que todavía no encontramos las palabras para nombrar lo que nos pasa. Pero la historia sugiere que esas palabras siempre aparecen.
Que alguien, en algún momento, en alguna pared, va a escribir la frase que todos estaban esperando sin saber que la esperaban.
Porque las palabras son piedras. Y saber usarlas también es una forma de resistencia.
Esta columna fue realizada el 22 de abril en Sintonía tras el fin del mundo, por Radio Atómika, junto a Federico Di Paolo, Eze Perin y Julián Apellido.
