Recorrida por la batalla del Congreso, el día del debate en el Senado por la Reforma Laboral. No hay héroes en soledad. Las cacerías de los therians uniformados. ¿Y las dirigencias? Las luchas con auspicios y las consignas que no debieran sonar.
1- Desigualdad
Una persona sola tiene un buen grado de heroísmo y audacia, necesario pero que no alcanza por sí mismo.
Un pequeño grupo hace fuerza, un poco más que una persona, porque es la suma de mucha fuerza.
Un grupo grande es mejor, sobre todo si a la valentía individual y su multiplicación por lo colectivo, se le suma la organización.
Una verdadera multitud organizada es la herramienta más poderosa para que la primera persona no esté sola y expuesta.
En las calles de Buenos Aires, los más organizados suelen ser los de uniforme.
Y así estamos. Vencedores vencidos.
Porque el grupo contiene al individuo, la multitud al grupo y la dirigencia tiene que defender la caja contenedora, donde están las personas y los grupos.
Si eso no pasa, la audacia se diluye en la esquina donde pocos miran. Todo se pierde en las calles laterales, lejos de las avenidas y las plazas donde no solo están las cámaras, sino los escribas de la historia.
Son los rincones de la cacería de los uniformes, que mapean la zona y trazan perpendiculares para, desde las motos perseguir, a los sueltos, a los pequeños grupos que escapan de las balas y los gases.
2- El acto que no fue
«El breve espacio en que no estás», cantaba Pablo Milanés. Pero a este amor de la resistencia popular argentina no le sirve la canción del cubano.
Porque breve es el espacio en el que estás, dirigencia. Así pensaba un militante de un sindicato (cuya dirigencia sí es combativa de verdad), cuando en medio de las corridas me preguntó si «no estaban dadas las condiciones para un paro general».
Claro amigo, le dije.
A una cuadra muchos sueltos, algunos grupos, pero no toda la multitud y menos aún organizada, devolvía en clara inferioridad de condiciones alguna piedra frente a tanto gas y bala de goma.
El de este miércoles 11, mientras en el recinto se debatía la propuesta oficialista de «Modernización Laboral», para hacer retroceder 100 años los derechos de laburantes y alejar todavía más a los que están afuera de la posibilidad de tenerlos garantizados a millones de personas, en las calles lo más moderno eran los armamentos policiales.
Armas para defender la injusticia.
Armas para garantizar la tranquilidad de las calles, mientras adentro hablaban senadores y senadores que ganan más de 20 jubilaciones mínimas.
Senadores que hablaban mientras en la calle vallas y no escenarios. Porque no hubo discursos, ni documentos, ni acto central.
¿No había dirigencia capaz de elevar la voz, en tanto representantes para decir algo y al mismo tiempo ser parte del escudo contenedor de la represión?
No hay posteo en X capaz de frenar una granada de gas lacrimógeno, ni video en redes que frene una bala.
De haber habido un acto con oradores, hubiera durado menos de dos horas.
Menos de lo que dura un turno básico en un telo, donde las personas van a poner el cuerpo, pero se supone que para pasarla bien.
3- Las consignas
En una esquina de la Plaza de los Dos Congresos, un grupo de jubilados cantaba «que se vayan todos, que no quede ni uno solo». Fue minutos antes del típico accionar de los servicios de siempre, que tirando un par de Molotov que no le pegaron a nadie, le dieron la excusa al Gobierno para desatar la represión, que despejó la Plaza y habilitó la cacería por las calles aledañas.
La consigna tuvo su pico de popularidad en la crisis de 2001/2002 y tenía sobre sí la carga y el mérito de sintetizar una década de frustraciones y desesperanza. Morían los noventa y la melodía sonaba acorde a los tiempos.
Pero no sirve. Es irreal. Es utópicamente intrascendente, porque suena bien, contagia y hasta emociona. Pero no construye.
Una consigna es la expresión sonora de una correlación de fuerzas, describe un estado de ánimo colectivo pero también expresa un grado de organización.
Que se escuche el «que se vayan todos», en este contexto histórico es símbolo de derrota, de no encontrar el camino hacia adelante y por lo tanto es una canción que no sirve a nadie. Es la canción de la impotencia popular.
4- Las marcas de la lucha
Otro símbolo de la derrota, que entre otras cosas tiene como consecuencia el debate en el Congreso de este proyecto regresivo, es la falta de unificación de las luchas. Si cerraron 20 mil empresas y se perdieron alrededor de 270 mil empleos registrados hablamos de una catástrofe social y económica, cuyas consecuencias se van a agravar con el tiempo.
Pero hay una señal que explica también el estado de derrota que se vive en el pueblo: que los trabajadores despedidos de una empresa marchen con carteles de la marca que los echó, es la evidencia de algo quebrado entre las conduciones de esos sindicatos y sus trabajadores.
No estaban en el palco, porque no lo hubo, y su lucha termina siendo otra de las canciones desesperadas.
Canciones que se cantan cada vez con menos fuerza, en aislamiento de organizaciones que todavía no terminan de encontrarle el agujero al mate.
Sin embargo, hay algo que la experiencia demuestra. De esas situaciones surgieron las alternativas superadoras, aunque para ello (seamos claros), habrá que pasar por encima también a las dirigencias que ya no se bancan siquiera quedarse un par de horas en la calle.
De espaldas al Congreso, donde se cocinan las traiciones.
Pero de frente al pueblo, del que debieran ser parte y reflejo.
