14 julio, 2026
La jarra que quedó

La jarra que quedó

Una jarra perdida, en un domingo frío. ¿Es una pista a seguir e indagar sobre su origen o simplemente debemos dejarla en su lugar, como una marca indescifrable de los pasos perdidos?

A pocos pasos de la General Paz está la Estación Coronel Lynch, del Ferrocarril Urquiza. La línea va desde General Lemos, pegado a Campo de Mayo, el mayor cuartel militar de la Argentina, hasta Federico Lacroze, enfrente del Cementerio de Chacarita.

Las similitudes o diferencias entre ambos lugares quedan para otro momento. Los espacios tan grandes, con esas características tienen lo suyo y son territorios donde rigen otras coordenadas. Son islas en medio de un océano de ciudad.

El tren, siempre

Ahora me detengo en Lynch y desde su andén se ve el tránsito siempre cargado de la avenida que divide la Ciudad de la Provincia. La estación está en territorio bonaerense y al caer el sol, en la dirección de General Lemos, se puede ver cómo la tarde se despide sobre las vías.

En Lynch hay talleres del ferrocarril en estado de semiabandono, pero también una base operativa desde donde salen laburantes en la dirección que el servicio ferroviario lo requiera, muchas veces de noche. Y está el Museo del Ferroclub Lynch, que hace poco cuenta con una cafetería funcionando en un antiguo vagón.

Esa maravilla de recrear un tiempo en que los trenes corrían por casi todo el país, es ahora una nostalgia de estaciones cerradas y de viajes que no son. Un reloj que no late, en una pausa que parece eterna.

La merienda se toma a la tarde, cuando el sol cae antes que se haga de noche y si no te gana la nostalgia del viaje que ya no existe, podés imaginar el viaje que puede venir. El deseo acaso sea capaz de mover los trenes.

Un domingo frío

La noche del sábado 11 de julio, Argentina había ganado su partido del Mundial frente a Suiza. Cientos de miles salieron a las calles y las plazas del país, porque el festejo es parte del sueño en marcha.

Al día siguiente, la fiesta ya era resaca de bocinas cuando pasé por la estación el domingo a la tarde y sobre el tótem tecnológico que sirve para apoyar la tarjeta SUBE estaba ella. Con unas frutillas pintadas y un aire de pingüino para servir vino que se adivina. Además, la jarra abandonada tiene un detalle y es que, para haber sido descartada u olvidada, alguien eligió un lugar muy especial.

No quedó tirada en el olvido de un cordón de la vereda, ni arrojada a un contenedor, lo que la hubiera convertido en un escombro. La jarra fue puesta en un altar improvisado, que es además un símbolo de los viajes en tren. A su lado pasaron decenas de trenes ese domingo y si alguno de los pasajeros prestó atención, sobre todo los del último vagón, habrán visto pasar la jarra a la altura de su ventanilla.

En cualquier caso, esa presencia tiene una historia que, como casi todas las cosas que vemos por ahí, desconocemos.

¿Será la jarra sin señales un dato de esa noche de festejos después del partido?

¿O apenas la coincidencia de una historia individual que, por un rato, contactó con la de los demás?


Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *