20 abril, 2026
Los Oscares y la percepción necrológica

Los Oscares y la percepción necrológica

No es la primera vez que me pasa esa cuestión de «anticiparme» a la muerte y, como en cada situación imprevista, puede volver a ocurrir sin aviso previo. Breves pinceladas sobre Oscar Smith y Oscar Schmidt y cómo un mismo número cruza ambas historias.

No hay señales, solo un hecho que se verifica horas o días después.

El tema es más o menos así: muchas veces, por alguna razón, pensé en alguien famoso, o al menos conocido por mí, y en esos días el famoso en cuestión falleció.

No hablo de alguien que haya estado pasando un momento delicado, porque ahí no habría sorpresa. El tema es que siempre se trataba de una persona que estaba fuera de mi radar informativo por esos días.

Un ejemplo ayuda a entenderlo. El mes y pico de la internación y la desmejoría constante del Papa Francisco hicieron menos sorpresiva su muerte el 21 de abril de 2025.

No fue el caso de la muerte de Oscar Schmidt, el legendario jugador de básquet de Brasil, que murió el viernes 17 de abril.

Justo el día anterior, por una extraña combinación recordé su nombre cuando, al igual que otras ocasiones de ese cierto llamado de la muerte, no lo tenía presente.

Claro que sabía de su trayectoria, su admirada carrera. Oscar Schmidt es un símbolo del deporte de todos los tiempos. Pero mi algoritmo interno no lo tenía muy rankeado en esas horas.

La conexión vino porque, al pasar por una avenida de San Martín me crucé con un busto de homenaje a Oscar Smith, el dirigente de Luz y Fuerza que fue secuestrado por la dictadura militar el 10 de febrero de 1977.

El juego de palabras me llevó a relacionar ambas figuras. Los Oscares terminaría unidos por un número en algunas horas. Oscar Smith tenía 45 años cuando lo secuestró el Terrorismo de Estado.

Los mismos 45 años que tenía Oscar Schmidt cuando dejó las canchas en 2003, luego de una carrera que lo pone en lo más alto de la historia del básquet de todos los tiempos.

El caso de los Oscares me genera una especie de escalofrío y no tengo claro si es bueno o malo. Quisiera poder manejar la función, pero por ahora todo indica que se trata de algo involuntario.

Ese misterio, entre tentador y aterrador, es lo que vuelve atractivo ese momento, que como un rayo aparece sin avisar, cuando camino por alguna avenida.

Acaso como todo aquello que no podemos manejar.

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